… CUATRO ESQUINITAS …


Cuatro esquinitas tiene mi cama,

cuatro angelitos guardan mi alma.”

Estas palabras, que tanto repetía de pequeña antes de dormirme, son ahora una triste realidad. Realidad que no me gusta. Realidad con la que no contaba con darme de bruces tan de sopetón.

Llevo días queriendo hacer esto, porque siento que debemos expresar lo que nos pasa, lo que nos preocupa, lo que nos quita el sueño. Siempre he sido defensora de eso mismo, de hablar las cosas para aclararnos las ideas, de hablar para conseguir objetivos. De hablar para que los comienzos sean más naturales, y de hablar para que los finales sean menos duros de llevar. Y eso es lo que hago. Expresar. No hago más que expresar.

Expreso con mi rostro una profunda tristeza. Me dicen que el gesto no es el mismo que hace 2 semanas. Expreso demandando un exceso de atención porque no puedo volver a verte nunca más. Porque no me voy a volver a reír contigo. Expreso sin expresar, expreso sin ganas de comer. Ni siquiera me atraen los carteles que dicen “REBAJAS”.

Y el caso es que ahora, no me salen las palabras. No sé cómo despedirme de ti. No se qué hacer para creerme que estás en otro sitio. Es que no sé. Es que no sé…No se como hacer para no ahogarme en el inmenso vacío que verdaderamente siento. Cada día es una batalla, y no es broma, y mis jornadas como sabes, no son algo light. Hacerse mayor es complicado, pero contigo era guay. Crecer es interesante, caerse y levantarse es propio de mí, pero ahora sin ti al otro lado es duro de cojones. Y te hablo tal cual, como siempre tú y yo nos hemos entendido. Hablando en plata y sin rodeos. Porque jamás PISCIS-ESCORPIO fue una pareja tan bien avenida.

No te pega nada estar donde quiera que estés. ¿Tú sabes todo lo que vas a perderte? Aunque estés en primera fila del mejor cine del universo… ¿en serio lo prefieres?  No me jodas, Ada.

Aún así, sé que te fuiste tranquila. Con una familia unida y terriblemente triste, pero unida hasta el último momento. Así nos dejaste, llorando por que te quedaras, pero tranquilos porque todo estaba bien. Y eso quiero que lo tengas claro. Eras bonita de cualquier manera. Estabas guapa con camisón, con bata de playa o con la corona del Roscón agitando tus maracas. Siempre era un regalo estar contigo, aunque no fueras una abuela al uso. Porque una abuela al uso no hace pilates ni cree estar cogiendo “masa muscular”. La típica abuela se sienta en el autobús, pero tú preferías que “se sentaran las viejas”. Una abuela de tu edad no va a clases de inglés ni de informática, ni manda mensajes de audio (aunque se cortaran a mitad). Las abuelas de toda la vida no cruzan el charco por puro placer (una vez  para verme a mi, y otra porque tus tres grandes hijas te llevaron de paseo a la Gran Manzana). Una abuela corriente igual se toma un orujo después de comer, pero no sé si espera con ansias asistir a la despedida de soltera de su nieta. Creo que es lo único que no podrás hacer, porque imagino que por la Plaza Roja de Moscú ya te habrás pasado a verla unas cuantas veces. Fue un gusto aprender el abecedario contigo, gracias a eso, nadie me bate en crucigramas. Te cojo el relevo en el abono de Hola! y en el de tus toneladas de cremas. También en el de la lotería cada mes. De alguna manera tengo que creerme que vas a estar conmigo siempre. Y es que yo, te hacía inmortal.

Las “tres esperanzas” se quedan cojas, pero haré lo posible por solucionarlo en cuanto pueda. De momento el matriarcado se queda “al mando” de una grande. Has pasado el relevo a la mejor mujer de este mundo, (es verdad que no dabas puntada sin hilo) y seguro que lo hará tan bien como tú.

Gracias por tu valentía y por tus ganas de vivir. No se si alguien habrá que se parezca a ti. Alguien que no se achante ante un quirófano, que esté planeando una comida con sus amigas antes de ser intervenida. O alguien que sepa que tiene un corazón con motor, pero que le apetece subir andando las montañas de los Pirineos.

Porque siempre querías más. Porque jamás te asustaron los reveses de la vida, y siempre pensaste en disfrutar.  Querías un “novio chulo” y ver mundo. Querías seguir donde estabas. Por eso te doy las gracias, porque has alegrado cada uno de mis 30 años, cada uno de los 28 de Pepe o de los 24 de Miguel. Has molado todo y más, a mi y a cualquiera que mediara contigo tres palabras. O bueno, habrá quien no. No siempre fuiste un caramelito de coco.

El año pasado fue para mi el de las verdades absolutas, ¿te acuerdas? Pues me mencionaron otra el otro día. Y es que solo muere quien cae en el olvido, y tú no lo harás nunca.

No es que te quiera. Es que no te puedo querer más.

Saluda al personal. Corre, que empieza el Puente Viejo.

E.

 

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NO ERES TÚ. CREO QUE SOY YO.


He decidido darte una tregua y una oportunidad. Creo que lo mejor es que te acepte tal y como eres, que no intente pasar de puntillas por encima de ti. La próxima vez que vengas verás como nos llevamos mejor, como hasta tengo ganas de verte. Voy a poner todo de mi parte, y suelo ser bastante testaruda con las cosas que ansío lograr en esta vida, ya lo sabes. No habrá más bajones, ni me oirás más repetir la palabra “pereza”. Así que entierro el hacha de guerra y los improperios que he regalado al aire cada vez que me preguntaban por ti.

Y todo en esta vida tiene un por qué, y te voy a contar el mío: Porque este año has llegado de manera comedida, sin arrasar con lo que fueras encontrando a tu paso. No me has traído malos recuerdos, ni a los míos tampoco. Ya no, quiero decir. No me he atragantado con nada, ni veo cabizbajo a nadie. A lo mejor es que la que ha cambiado soy yo, pero creo que ninguna de las personas que me importan brinda este año mientras se les cae una lágrima porque falta alguien por sentarse a la mesa. Veremos a ver cómo vuelves…

Además tampoco siento el agobio de hace un par de años o menos. Poco después de irte hace casi 365 días comencé la aventura de lo que llaman “la vida en directo” que se ha prolongado hasta hace una semana y poco. Lejos de mis pretensiones cuando aún era una periodista en potencia, me como mis palabras. Me ha costado mas de una bronca, pero jamás imaginé que encontraría lo que encontré, en muchas facetas de la vida, aunque ahora vuelva a estar sin rumbo, en general. También decoré casas y otros espacios de la vida de las personas y les alegré el corazón, así que he estado muy entretenida preparando mi cuerpo para tu llegada. Además de buenas experiencias, como siempre he encontrado buena gente, con la que hoy además comparto techo.

Volviendo a ti, que es lo que me importa en este momento aunque volvamos a mí cuando toque, he de darte las gracias por seguir estando bien rodeada. Y eso es algo que corroboro cada vez que me llamas para decirme “Espe, llego mañana, ¿tú?”. Hay amigas a las que solo veo cuando apareces, es verdad, pero este año han venido hasta con bebés o barriguitas. Mi familia de elección va creciendo, tanto en un sitio como en otro, y eso sabes que me gusta. Todo lo demás sigue en orden o incluso mejor que eso: Todos los grandes cambios en la vida de quienes forjan mi núcleo duro han sido realmente buenos. Para una, cambios laborales con una mejor retribución a fin de mes y mensajes de buenas noches a diario, algo que realmente ya iba tocando. Para otra, mucha estabilidad mental tras una larga reconciliación con ella misma muy lejos de casa. Las hay que han metido quinta en el terreno del amor y sin quererlo ni beberlo se encuentran disfrutando de una luna de miel anticipada, de las de 24 horas al día, 7 días a la semana. Nada que ver con la que con mucha decisión sigue apostándolo todo a la misma carta, luchando contra viento y marea, esperando sin desesperar que llegue el momento definitivo para hablar alejada de las pantallas con quien, asegura, es el amor de su vida. Imposible no hacer mención a quien nunca mejor dicho estalla de felicidad, como bien mandan las patadas de Adriana o su perenne sonrisa en la cara. Lo mejor y más bonito lo dejo para el final, porque cuando te vayas daremos el pistoletazo de salida a una cuenta atrás muy pero que muy deseada. El día más esperado del año llegará antes incluso que la bendita primavera. Por eso hoy te quiero más, porque todo lo que pase después de ti va a merecer mucho la pena. ¿Te das cuenta de la suerte que tengo? ¿Cómo estar de morros contigo si este año has llegado con las manos llenas de buenas intenciones?

Mi próximo brindis será por ti, y por nuestra reconciliación. Además lo haremos mientras llega el Año Nuevo, ¿te parece? Así estaremos rodeadas de amigos, y seguro, muy sonrientes. Seguramente deberíamos prepararnos un discurso, unas palabras. Por lo que venga, y por lo que queremos. Por que todo lo bueno se mantenga. ¿Que te dé los 5 nombres para el próximo año?  Luis, Rodri, Kiko, Rocío y Elisa. ¿Que por qué brindaría? Por mi parte,lo haría  por dejar de “hacernos los modernos” cada vez que haya algo extraordinario que decir. Por decirlo a la cara y no por Whatsapp a horas prohibidas. Por afrontar que nos hemos desenamorado, o que alguien se nos queda corto (porque seguro que hay alguien que piensa que somos mucho para él/ella). Brindaría por reconocer quien es el amor de tu vida, o de la mía, aunque “ya dé igual”. Brindaría por que el trabajo no nos aleje de nuestras verdaderas intenciones, aunque trabajes en el mejor estudio del mundo. Si no corriera el tiempo y no tuviera que dejar hablar a los demás comensales, brindaría por un gran cambio en la mentalidad de los prehistóricos, de cualquier raza o condición. Por las amistades eternas al otro lado del Atlántico y también en la meseta. Brindaría por las segundas oportunidades que merecen la pena, pero no por aquellas que siempre van aderezadas por una previa decepción. Por los festivales de música y los discos de vinilo. Por las cenas en azoteas y los encuentros clandestinos. Brindo por la Sala Sol y por los buenos amigos que dan el paso. Por los recuerdos que evocan sonrisas, por un maravilloso destino Erasmus para mi persona favorita. Por que no me duela la boca después de hablar. Por que no se me encoja el estómago después de pensar. Brindaría por tener sobrinos pronto, porque si lo que quiero es hablar de hijos, digamos que “está la cosa achuchá”. Porque los padres y madres del mundo sean compañeros de vida para siempre si ya no se aguantan como amantes. Porque los amigos de mis amigos acaben siendo mis amigos. Por los viajes sorpresa, por los premeditados, porque todo el que se cruce en mi camino y quiera que se quede, lo haga. Y porque si alguien está pensando en bajarse de mi tren, lo piense dos veces.

¿Brindamos por un 2016 irrepetible, querida Navidad?

 

 

 

PERO TENÍA QUE BAILAR.


¿Quién no ha querido alguna vez sentirse volar en un escenario inmenso? ¿Quién no ha fantaseado con la idea de formar parte de un elenco en una plataforma, bajo la boquiabierta mirada de miles de ojos? Mucha gente habrá soñado con verse envuelta en una bata de cola, con haberse puesto unas puntas y un tutú y haber emocionado al público mientras éste se deshace en aplausos…Tal vez, quien está sentado en el patio de butacas desconoce lo que hay una vez que se baja el telón. Aplaude sin ser consciente de los sinsabores de la danza.

Es también típico el abuelo que va a ver a su nieta y no mira a nadie más que a su nieta. Nadie baila mejor que ella. Solo está pendiente de cómo se mueve, de cómo sonríe. “¡Qué bien lo hace mi nieta!”, dirá orgulloso. Lo que ese abuelo quizá no se imagine es que a su nieta tal vez no le digan ni una vez que lo hace bien. Y su sonrisa de escenario sea sólo eso, una ‘sonrisa de escenario’, para que el público no “se levante y se vaya”. Son muchas las amarguras por las que seguramente esa nieta esté pasando. Quizá esa niña prefiera estar en su casa haciendo los deberes, o practicando inglés. Pero tiene que bailar. Porque baila muy bien, porque le viene muy bien.

Conocí una historia de una bailarina que hoy es una mujer en proceso de recuperación. Hay muchas como ella: En proceso de reconstrucción tras un calvario del que solo ahora es consciente. Es una gran mujer, y muy artista si se lo propone. Doy fe, aunque no llegue al metro sesenta. Cuando tenía ocho años y empezó la carrera de danza en el Conservatorio ( donde supuestamente más se preocupan por las profesionales de la danza, y más cuidan a las niñas), sus profesoras no la dejaban salir en fin de curso con sus compañeras porque era demasiado bajita. Ella entonces, se aprendía las coreografías para enseñárselas a las demás, y el día de la función se quedaba en bambalinas viendo como sus compañeros se lucían bailando El Ángelus. Ella lloraba, y aún recuerda algunos de los pasos. Esa pobre bailarina fue creciendo. No perdía una clase aunque celebraba cada vez que una profesora estaba enferma, porque suponía no tener que ir a clase. Pero tenía que bailar. Aún llora cuando recuerda el día en el que todas sus compañeras menos ella fueron elegidas para entrar en una compañía de flamenco realmente importante. Ella se quedó mirando cómo todas sus compañeras iban a esa reunión con las coreógrafas, mientras ella se metía al vestuario para irse a casa. Eran las diez de la noche y su padre la estaba esperando en la puerta del Conservatorio. Como cada día. Pero tenía que bailar.

Hoy a esa mujer la han parado por la calle para preguntarle qué perfume utiliza, o para hacerle fotos al outfit que ha escogido. Hoy su voz pone los pelos de punta a media España. Pero cuando tenía que bailar le decían que su estilo era demasiado personal, y que no podía ser así. Que eso no estaba bien.  Que eso vendría luego. Y que no expresaba. Y que no sonreía. Y que aburría al público. Y que era repetidora. Y que no daba pie con bola. Y que tenía muchas carencias. Y que la pierna de base estaba torcida. Y que las vueltas con destaque no le salían bien. Y que en las piruetas dobles se caía. Y nadie, nadie, nadie le aplaudió jamás. Pero tenía que bailar.

Once años más tarde encontró la salida. Hoy le pesa mucho, pero la encontró. Quien pudo ser su mentora en el escenario, consiguió que odiara para siempre la danza. Y también a ella. Y a sí misma. Pero tenía que bailar. Y se fue para nunca volver. Para gritar y explicar el lado oscuro de las faldas de volantes y las castañuelas. Para arrancarse las horquillas del moño y arrojarlas con el mayor de los desprecios al infierno más absoluto. Quizá en el fondo, le hizo un gran favor.

Eso sí. Jamás se partió un tobillo. Solo le destrozaron el alma en mil pedazos.

Porque tenía que bailar.

UN CAFÉ QUE ASUSTE


He tenido que esquivar bolsas nada más poner un pie en el suelo. Hay objetos decorativos nuevos en cada esquina. A veces pienso que me podría pasar años decorando mi piso en Malasaña. Papel de regalo de todos los motivos. Tickets de compra, migajas de roscón en cada losa de la cocina… Si el día de Reyes es una locura, el 7 de enero es para echarse las manos a la cabeza. Y echarse a temblar también.

Maldito 7 de enero.

Porque acaban las vacaciones para los que gozan de ellas. Es verdad, vuelve la rutina. La del trabajo, la del gimnasio, la de los reencuentros. El despertador vuelve a sonar. Se apagan las luces del árbol para encender las de la oficina. También apretamos el botón de los ordenadores. Se hace recuento de los kilos de más acumulados en estas dos semanas. Se vuelve a la normalidad. Dentro de tres días todo se habrá quedado atrás, y empezaremos a encontrar el lugar en el que colocar en casa los regalos que nos han hecho. En cuestión de 72 horas volveremos a padecer de ansiedad, y habremos cambiado el cochinillo y la lubina por el menú de 11 euros o el tupper de mamá en su defecto.

Lo que también vuelve es para otros la incertidumbre. Por eso hay quien ha pedido esta mañana un café tan cargado que asuste al paladar. Para despertar de la alegría generalizada y las borracheras de besos y abrazos. Hoy reaparece la continua interrogante de saber hasta cuando tendrán que esperar. Hay quien hoy aún está de vacaciones. Yo, entre muchos. Otra vez yo. Y se seguro (porque mirando el reloj…) que también lo estaré mañana. Hay quien podría seguir comiendo roscón de Reyes y descubrir que de pronto es Abril. Y que nada parece tirar del carro. Hoy entonces, volvemos a tener demasiado hueco libre en la agenda y poco dinero en la cuenta corriente. La cuesta de enero más real y tangible hoy se confirma que existe.

La nostalgia no es que hoy tenga precisamente un papel secundario. ¿Quién no hace hoy la maleta en una ciudad y horas más tarde la deshace en otra? ¿Cuántos abrazos se habrán dado entre ayer y hoy? ¿Cuántos se quedan sin dar? Maldito 7 de enero. Malditas casualidades que nos obligan a despedirnos de quien queremos tanto por medio de un mensaje. “(…) Mucha suerte en todo lo nuevo que te vaya surgiendo, laboral y vitalmente”. Malditas obligaciones, que a veces nos envalentonan a hacer las cosas del derecho… Maldito 7 de enero, que en realidad aleja y que nos calla la boca. Sí, deben de ser muchos los abrazos que se quedan sin dar y que solo existen en nuestra imaginación. Porque la Navidad a veces trae a quien quieres, pero no te los termina de acercar.

Para todos, el maldito 7 de enero significa volver. Y volver a empezar, lo que a veces es una gran oportunidad.

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¿CUÁNTO VAMOS A DAR?


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El comienzo de cada año, con la fiesta de despedida del que se va tras el desenfreno que provocan las 12 uvas, junto con la semana posterior en la que todos y cada uno de nosotros perdemos la cabeza comprando regalos a todo hijo de vecino se convierte siempre en una época en la que a todos nos da por pensar. Salimos de un año renegando y entramos en el nuevo rogando, suplicando. Pensamos mucho, muchísimo. En lo que hemos hecho, en lo que haremos, en lo que nos gustaría que nos pasara.

A. -“Madre mia, hoy hace 7 años que Fulanito me dijo que nunca más… la de cosas que han pasado desde entonces!”

B. -“Es verdad, es que hay que ver la de cosas que ocurren en sólo un año! Es que nunca sabes lo que te puede pasar en 365 días”.

Y es cierto. A muchos les gusta hacer los propósitos de año nuevo. Promesas que hacemos con nosotros mismos una vez que echamos la vista atrás y analizamos todo lo que hemos comido, dicho o hecho en los 12 meses anteriores. Para muchos el balance siempre es positivo. Para otros sin más… Lo que llama la atención es que siempre, y los periodistas lo hacemos mucho, es salir a la calle a preguntar “y ¿qué le pide usted al año nuevo?”, cuando a lo mejor, la pregunta debería ser “y usted ¿cuánto va a dar para obtener lo que quiere del próximo año?”

Posiblemente quejarse no sea la opción. Resignarnos tampoco. Pero tal vez, si analizamos cómo nos hemos portado a lo largo del año pasado saquemos conclusiones de muchas de las cosas que hoy, 4 de enero de 2015 tenemos en nuestra vida. No me refiero a decir evidentemente que quien no tiene trabajo es porque no lo busca, por poner un ejemplo absurdo. Pero posiblemente, quien haya terminado y empezado el año preguntándose por alguien será porque algo ha fallado en el pasado entre ellos. Algo a lo que no han puesto remedio. El que esté incómodo con algún allegado y no planta cara a la situación seguirá estándolo año tras año.

El que no diga ‘te quiero’ a tiempo posiblemente estará solo en 2016. Quien sepa pedir perdón antes de que sea tarde tendrá un 2015 fabuloso, atrayendo continuamente cosas positivas. El que escuche a los demás y se deje ayudar será capaz de hacerlo con los demás a mediados de junio, y quien se niegue a reconocer que las cosas no siempre salen bien construirá su casa cuesta arriba, generando en su interior rabia, impotencia y una envidia irrefrenable.

Lanzarse a lo desconocido siempre es una opción. El año nuevo siempre es un solar que acabamos de heredar del anterior. Nunca hay nada. Solo tierra y matas secas, salpicadas alrededor del terreno. Y somos nosotros los que hemos de ir trabajando en lo que queremos construir. Construir lo que de verdad queremos. Cumplir esos propósitos de los que tanto alardeamos en esta primera semana de enero, pero para eso no hay que rogarle al año nuevo, sino, como digo, darle.

Darle pistas de lo que queremos lograr. No darle a entender nada que no queramos. Darle sonrisas para recibirlas multiplicadas por dos. Darle respuestas. Darle muestras de lo que somos. Y de lo que no también. Solo así, el año nuevo responde:

“Te daré todo lo que quieras de mí. Pero trátame bien. Suéñame. No me llames más. Hazme reír a cualquier hora. Prometo pedirte perdón. Te echo de menos. Iré a recogerte al aeropuerto aunque me de pereza porque esté cansado. Yo te haré cosquillas y te dejaré una nota por las mañanas. Creo que voy a llamar a mi hermana. Voy a darte otra oportunidad. Te quiero. Estás contratado. ¿Te apetece venir a cenar?. No te preocupes, está pagado. Me da mucha vergüenza pero voy a ir a pedir un aumento. Se acabó. ¿Nos casamos?. Quiero hacer las paces contigo. Sinceramente no estoy enamorada de ti. Pues ahora estamos todos tan a gusto. Ha costado trabajo, pero lo he conseguido. He vuelto, y me quedo.”

Dar respuestas. Dar salidas. Dejarnos de tonterías.

CIAO, MI AMOR


Esta es la última noche que hemos dormido juntos. No es que sea yo una cualquiera, es que ya he tenido suficiente. Espero que no te moleste, pero creo que no das más de ti. No puedo pasar ni un día más a tu lado. Quizá si, el que acaba de empezar que no dará para mucho.

Con esto no quiero que te enfades. Pero sí, es una despedida. Sabes que soy incapaz de engañar a alguien. Además ahora me he vuelto a quedar sin trabajo y mi estómago no está pletórico precisamente, por tanto es mejor poner tierra de por medio y que nuestra relación acabe aquí. Aún así, no creas que te has portado mal conmigo. Nada de eso. Lo que pasa es que, como todas las parejas, hemos tenido nuestras diferencias. El comienzo de nuestra relación fue bastante complejo. No me pasabas un duro, me tenías todo el día en casa, yendo al gimnasio y consumiendo Anatomía de Grey como si viviera en la cárcel. Lloraba no solo por las idas y venidas de Meredith y Derek, sino porque me veía perdida… Qué mujer hecha y derecha (o izquierda) soporta eso durante 5 largos meses? Lo siento querido… ahí sabes que no diste la talla.

Bueno… quizá estoy siendo un poco brusca. Es cierto que me conoces bien, y que poco a poco fuiste dejando que aparecieran en mi camino una serie de personas que arrojaron luz cuando menos me lo esperaba. La verdad es que te lo agradezco enormemente. ¿Te acuerdas de esa historia que te conté, en la que dos personas después de haberse despedido deshicieron el camino para volverse a encontrar y besarse? Me acuerdo que te pareció algo surrealista… y a mi también. Pero fue verdad. Y hoy que me despido de ti, te diré que yo fui la persona a la que le pasó. Ese día todo comenzó a cambiar, y todo lo has propiciado tú. Empezó a cambiar porque hice CLIC. Me ayudaron a hacer CLIC en cuestión de dos dobles de cerveza y una sesión de confesiones en Malasaña. Empezó a cambiar porque decidí no bañarme más en recuerdos. Cambió porque yo quise. Y desde esa tarde que se convirtió en noche, ahora salgo a la calle con otra cara. Fíjate, y tú que no tenías ni idea de todo esto…

Parece que esa vuelta de tuerca siguió dando sus frutos. O tal vez fue mi suerte. Pero también te agradezco enormemente que, tras celebrar bien celebrado mi fin de semana favorito del año y haber bailado al son de Phoenix en mi tierra, solo tú supiste como darme una alegría mayor, y hacer que contribuyera en hacer ver que “Este País Merece la Pena”. (La verdad que ahí te portaste…otros me hubieran dejado todo el año a dos velas, no se habrían dignado a marcar mi número…). Uno con otro, uno con otro… me has sabido sorprender contando conmigo en muy diversos programas de televisión. Has sabido por tanto, darte cuenta de que me encanta probarme en todos los sentidos de la palabra: Me ha dado igual aprenderme la vida, obras y milagros del Rey Juan Carlos, que encontrar carpinteros o fruteros con chispa que supieran contarme chistes de su trabajo. He estado encantada localizando frikis y hablando con fans que darían una muela por sus ídolos o hablando con un periodista cachondo sobre las pifias económicas del Ayuntamiento de Madrid en la terraza del Círculo de Bellas Artes… aunque bueno, un directito para cuándo? Si me dolía la boca de pedirte trabajo, has cumplido, y además me has puesto a prueba. Y siento decirte cariño, que esta batalla (aunque vuelva a estar engordando la cola del paro) la he vuelto a ganar yo. Que lo sepas.

En el fondo te agradezco más cosas. Pero no te las puedo decir todas seguidas, porque te vienes arriba. De hecho quiero que nuestra relación acabe aquí porque parece que soy yo la única que tira del carro. La única que dice las cosas como las siente. O al menos, me quejo abiertamente de que nos rodeamos de entes que piensan en emoticonos, que se comunican trascendentalmente por whatsapp y que hablan “claramente” por email. Y yo la primera. Y eso no me gusta. Ha habido veces que aun durmiendo “contigo” he sentido el mismo vacío que si no estuvieras a mi lado. Sin mirar a nadie, lo digo en general, te lo digo a ti, que sabes a lo que voy. Desde luego, con quien sí he convivido y mucho ha sido conmigo misma. Sé lo que quiero, y sé también como no quiero ser. Se lo que anhelo y lo que deseo. Y sintiéndolo mucho, ya no entras en mis planes. La Espe de 2014 también se va contigo, porque pasa de medias tintas. Eso sí, se va con el afro recién arreglado y en vías de tener la cara como el culo de un bebé, que también le está costando…

Me has llevado a Cuenca, Ibiza y Exeter. No ha estado mal del todo, aunque te podías haber estirado más… (o es que no sabes qué es lo que más echo en falta??). De esos tres destinos, me quedo con el último, por la calidez de sus huéspedes. Por la dulzura de quien me estaba esperando allí. Porque (lo siento, no te celes), sabes que es quien más quiero en el mundo.

Afortunadamente a los míos los has dejado como están, pero anda que te has lucido con los de otros… vaya! No, en serio… que sepas que siempre guardaré un buen recuerdo de ti. A pesar de que me hayan despedido el día antes de Nochebuena, estar con gastroenteritis, y la Navidad siga haciendo que me eche a temblar. Te agradezco infinitamente que me hayas acercado un océano a la gente que de verdad aprecio tantísimo. Pero insisto, esto acaba aquí. Voy a darle a tu sustituto exactamente el mismo tiempo que te di a ti, que aunque sea impar, viene con otra cara de inicio, y eso me gusta. Voy a darle, como te digo, el mismo tiempo para que se convierta en el mejor año de mi vida.

Ya está todo dicho. Ciao, mi amor.

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CUANDO TENERLO TODO ES CASI PAN COMIDO


Uno de los muchos problemas que tenemos los seres humanos es darnos cuenta de repente de las cosas. Cuando de pronto nos cae un jarro de agua fría, o un mamporrazo de realidad. Situaciones que nos dejan en shock durante unos días, que nos hacen escoger de nuevo o retroceder. Escoger de nuevo. Exacto, volver a hacerlo. Llevaba mucho tiempo esperando poder escribir sobre esto. Y varios días, el zumbido en la cabeza.

 

Escoger-de-nuevo siempre supone empezar de cero. Enfrentarnos a una realidad diferente y desconocida. En ocasiones supone un nuevo aprendizaje, un reto, o un aburrimiento. Recolocarnos. Sentarnos tranquilamente y analizar lo que tenemos delante de nosotras. Pero todo en la vida, por suerte o por desgracia, depende de las decisiones que tomemos. Y hay veces que sólo podemos hacerlo nosotras. Sin ecos ni adivinanzas. He ahí el abismo… Muchas mujeres piensan que no son capaces de alcanzar la verdadera felicidad por ellas mismas. Hacerlo solas. Ser capaces de ser ellas al 100% sin un 50% que las complemente. Ser Marta, Raquel o Julia y solo Marta, Raquel o Julia. A veces nos obligamos a compartir nuestra vida con alguien que no nos completa, que no necesitamos tanto como pensamos. A veces…muchas veces, las mujeres reculan. Recapacitan e intentan poner fin a aquello que no les gusta de sus parejas. Se sientan y hablan. Se reconcilian y vuelven a la casilla de salida. A veces incluso se aventuran a poner fin a sus relaciones. Es entonces cuando en muchas ocasiones saltan las alarmas. Cuando la señal de WARNING parece que va a estallar y los supermercados se quedan sin existencias de pañuelos. Porque no son capaces de saber que mañana nadie les bailará el agua. Muchas no aceptan el NO, y prolongan su propia agonía por puro deporte, (yo creo que de ahí a que cada vez haya más runners!). Las hay que se hacen a la idea de que “con X” se está bien o mejor que solas, que nunca serán capaces de llenar ese “vacío indescriptible”.  Que miran a quienes no han tenido más de una relación estable como si fueran auténticas inexpertas en materia del corazón, además de unas descerebradas que se descargan aplicaciones para ligar y darse una alegría al cuerpo.  Porque no saben, o no quieren aprender a disfrutar de su vida con ellas mismas.

 

Muchas mujeres guapas de nuestro siglo prefieren decidir por 2, pensar en sí mismas solo a medias. Buscan el príncipe azul en cada rincón, y a veces incluso se quedan con él sin torcer la esquina y ver qué más hay. Imagino, que será un príncipe “azul clarito”. ¿Es eso lo que debemos hacer todas las mujeres? ¿Qué hacen el resto… las que también buscan a su media naranja pero prefieren ser las únicas princesas del reino hasta que la situación sea demasiado evidente? ¿Pueden ellas también tenerlo TODO aunque la única compañía que tengan noche tras noche sea una almohada para una cama de dos cuerpos? ¿Es verdad que se puede ser feliz con una misma? O sea, aplicar el yo-me-mi-conmigo de toda la vida!

 

¿Cuándo se está preparada para poder ‘compartirnos’?

 

Tras varios (muchos) meses de meditación, de pensar en el punto en el que pueden encontrarse muchas mujeres, la verdadera pregunta que hemos de hacernos es: ¿necesitamos simplemente un buen hombre que nos haga ser mejores, o somos nosotras las que tenemos que luchar más por ser quien queremos ser para encontrar a nuestra otra mitad? Parece fácil de responder, pero “ser quien siempre has querido ser” no es tarea fácil. Creo que ninguna de mis amigas se han sentido de 10 toda su vida. Ni las amigas de mis amigas. Hay que tropezar muchas veces. Hemos de caernos y hacernos sangre. Hemos incluso de escoger con qué piedras quedarnos, como el otro día leí, hasta pulirlas y convertirlas en un diamante. Solo así una mujer es capaz de saber elegir. Solo así llega a encontrarse a sí misma. Saliendo, entrando. Llamando a muchas puertas. Disfrazándose de otras. Haciendo que crean que son todo lo contrario. Besando a muchos sapos con disfraz de hipster. Decidiendo quién ser y quién no. Una mujer sabe elegir cuando sale sola y se despierta con un desconocido y el rímel corrido. Cuando abandona una cama ajena y deshecha los domingos por la mañana, sin importarle no recibir un mensaje de “lo he pasado muy bien”, (aunque si lo recibe, lo lee varias veces en el metro).

Sentir vértigo ante un jefe distinto cada dos meses. Decir “tú a mi no me hablas así”. Dar segundas oportunidades a antiguos compañeros, directores y altos ejecutivos de cuentas. Hacer las maletas. Y sobre todo, que cuando las cerremos, nuestro aliento no sea ningún resquicio de nada. Que nos invada la inquietud por lo nuevo. Sólo así veremos en el espejo nuestra versión más pura. Y eso, TODO ESO, SOLO ES UN CLIC.

 

Una mujer no solo es mujer una vez al mes. Quien termina por saber lo que quiere amanece llorando un lunes, y se acuesta muerta de la risa un miércoles. Ser una montaña rusa de vez en cuando puede ayudarnos a no serlo nunca más. Hay que llorar mucho. Hay que sentir que casi se toca fondo para saber llevarte bien contigo misma conforme ves que las cosas van cambiando. Y van cambiando para bien.

 

Así y solo así.

El truco, creo , está en solicitar tiempo muerto e irnos al rincón de pensar. Ser conscientes del papel que hemos escogido hasta la fecha, y darnos cuenta y sorprendernos de si nos ha dejado buen sabor de boca. ¿Estamos orgullosos de lo que somos? ¿Qué ha de cambiar una mujer para sentirse bien? ¿Alguna cree que todo puede seguir como siempre? Sólo cuando comienzas a comprender que no es para tanto lo que en su día fue una obsesión hecha carne, cuando sabes que el momento que anhelas llegará porque con toda seguridad, años atrás, te imaginabas viviendo algo que hoy  ya es pasado.

Hasta que un día te das cuenta de que “LA SUPER TÚ” eres tú. Cuando cuentas el número de damnificados a tu espalda y dices “¿en serio…?”.

 

La que antes se cuestionaba todo, y tenía cientos de dudas que despejar ahora es capaz de dar respuestas. Ese es, por lo que parece, el camino a la felicidad. Pero a mejor de todas, porque es sólo con una misma, a la que cada una ha llegado sin que nadie le mostrara el camino. Entonces, esas mujeres de las primeras líneas, serán capaces de escoger libremente. Cuando comprendan por qué el pasado ya solo son recuerdos. Cuando entiendan que sus cuerpos cambian. Cuando sepan que podrán estar con quien ellas quieran porque habrán rechazado y las habrán rechazado. Cuando el empleo de sus vidas sea el que las haga ser más felices, sin que su alegría dependa de que suene el teléfono, o no hagan horas extra.

Cuando vean que si termina un proyecto, sale otro más adelante. Cuando entiendan que si el presente es una mierda, el futuro no tiene por qué serlo. Cuando distingan entre un auténtico problema, y los gajes del oficio.

 

Es fácil escribirlo y difícil creérselo. Más aún convertirlo en tu mantra. Pero muy gratificante el proceso de saber que se tiene asimilado, ahí sabrán que ya no hay vuelta atrás. Quien se obsesiona en ser feliz no lo será nunca. Quien se sube a la báscula cada día jamás encontrará el peso ideal. Quien se empeña en no estar sola, siempre lo estará.  Porque el éxito es la suma de pequeños esfuerzos repetidos día a día, y eso si que sólo depende de nosotras mismas.

 

Porque solo una mujer sabe que lo es cuando tiene a una dentro.